14 años de la segunda oportunidad


Como ponía hace unas horas en Twitter hoy es un día para dar gracias a Dios y para celebrar. Hoy, 4 de febrero de 2014 se cumplen 14 años del accidente en la puerta de Altocastillo y, además, 10 años de que pidiera la admisión en el Opus Dei.

El día del accidente todo transcurría de forma normal. Era viernes, Max y su abuelo me recogían en Azahar después de comer para subir al colegio en su flamante Citroën matrícula J-0001-A. Por primera vez en todo el curso, tanto Miguel como yo nos íbamos a presentar voluntarios al examen de historia que D. Francisco hacía el último día de la semana así que íbamos repasando y haciéndonos preguntas.

Hasta aquí es todo lo que recuerdo. La entrada del colegio antes era distinta. Una carretera con un carril para cada sentido con una raqueta donde hacer el giro de entrada, sin semáforos. Así la hizo su abuelo con tan mala suerte que un coche que venía a gran velocidad impactó con nosotros y nos hizo volcar. Mi amigo y su abuelo salieron por su propio pie del vehículo, a mí me sacó inconsciente un profesor arrancando de cuajo mi puerta. Eran las 15:20h y todos los alumnos que aún no habían entrado a clase miraban desde la parte de arriba de las escaleras sin dar crédito a lo que pasaba.

Parece ser que recuperé la consciencia muy rápido pero el golpe en la cabeza hizo que estuviera como fuera de mí dando patadas y golpeando todo lo que podía, incluido a D. Raimundo que había bajado rápidamente. Llegó la ambulancia y nos fuimos al hospital. El TAC reflejaba un pequeño edema en el cerebro. La cicatriz de la ceja sería la única marca que me ayudaría a dar gracias a Dios casi a diario por ese día y esta segunda oportunidad.

Me cuentan que en el colegio mis amigos y muchos otros cursos se fueron al oratorio a rezar, todo el mundo estaba muy afectado. Por la tarde Moraleda se llenó de gente que quería seguir rezando. A mí no me cabe ninguna duda que yo salí de ésta por todos esos gestos y que Dios siempre saca grandes bienes de las desgracias. Gente que llevaba mucho tiempo sin rezar, confesarse o ir a Misa me consta que lo hizo. Al hospital también fueron algunos que cuando salían comentaban que “me había quedado tonto” por lo que hacía y la cara que tenía. La verdad es que para esos amigos de 16 o 17 años esto no debió ser nada llevadero.

Mi familia también lo pasó muy mal. A esto que cuento se le sumó que pocos días antes les había dicho que tras mucho pensarlo quería ser adscrito del Opus Dei… y aquello sentó como un jarro de agua helada. Tanto es así que en mi casa se vivieron episodios para mí desesperantes. “Le han comido la cabeza”, “te van a robar a tu hijo”, “no lo vas a volver a ver más”, “va a ser un infeliz”, “es una secta”… los argumentos que otras personas le daban ante una realidad desconocida para ellos.

Yo siempre he pensado que con este accidente Dios quería decirles algo así como… “Qué no, que vuestro hijo no os pertenece, que si Yo quiero… me lo traigo al Cielo”. Es más, el accidente ocurrió el primer viernes del mes, día en que en el colegio se expone al Santísimo y la gente que quiere baja al oratorio a rezar (aunque sólo sea para perder clase jejej). El cura luego me recordó que, además, esa mañana había aprovechado para confesarme. También me alegra saber que el Señor no me llevó no porque no estuviera preparado sino por todo lo que esa gente pidió y porque creo que algún plan grande tenía o debe tener pensado para mí.

No recuerdo mucho de esos días de hospital. Muchos amigos de clase seguían viniendo a verme, pero mi abuelo creo que no los dejaba pasar para que pudiera descansar y recuperarme. El primer recuerdo que tengo es del sábado por la tarde, y es simplemente el de verme en una cama del hospital.

Me dieron el alta el lunes por la mañana y nos fuimos a Benidorm a contarle lo sucedido en primera persona a mis otros abuelos, que estaban en un viaje del IMSERSO. El abuelo de Miguel falleció ese mismo día 7, y mis padres me lo ocultaron por varios días más. Es más, durante esos días llamaba a Miguel para ver como evolucionaba y para que desde su pena me dijera que se estaba recuperando. Mis padres estimaron que lo mejor era apartarme de todo eso y de esta forma no pude estar con mi mejor amigo en esos momentos tan duros. Su abuelo no era el “típico abuelo” sino que era la persona con la que había vivido desde que nació y de la que no se separaba. Esta parte de la historia no la sé explicar y quizá hay que dejarla a la Providencia y a que siempre Dios sabe más.

Lo del Opus Dei no vio la luz. Yo cumplí los 17 un mes después, pero hasta los 18, sin el consentimiento de tus padres no se podía ser aspirante así que desistí. A mi hermana la quitaron de Guadalimar, a mí me costó la vida convencerlos para poder acabar el último curso que me quedaba en Altocastillo y casi nada, desde entonces, volvió a ser como antes. Mi familia y la confianza que había en ella se rompió. El fin – seguir esa “voluntad de Dios” que tan claramente “veía en la oración”- justificaba los medios -faltar al 4º Mandamiento-. En internet hay todo tipo de ejemplos iguales o parecidos… así que no me extiendo. Lo mío no fue un caso aislado sino más bien un modo de proceder. Era joven, inocente y de estas cosas solo se he dado cuenta años después cuando la vida te abre los ojos.

Por eso, cuatro años después, ya en Madrid estudiando la carrera volví a pedir la admisión -esta vez más consciente de lo que hacía como supernumerario- y, fruto de la casualidad o no… el director del centro al que iba me permitió escribir la carta solicitándola el día que hacía 4 años del accidente. Día, por cierto, en el que 4 años antes había dado uno de los peores ratos a mi enorme amigo Manolo Navarrete, al que tantísimo le debo, que tanto ha hecho siempre por mí y que se estaba comiendo la tarta de su cumpleaños cuando le daban la noticia del accidente. Pedir la admisión quise que fuera el regalo de su cumpleaños sabiendo la ilusión que le haría, y también la forma de darle las gracias a Dios por la segunda oportunidad que me había dado, entregando mi vida a Dios y los demás desde esa institución.

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